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martes, 3 de enero de 2017

HONDURAS/ANÁLISIS: LA REVOLUCIÓN EN NAVIDAD

Está claro que no vamos a poder disfrutar de lo nuestro cuando hay tantos que no tienen nada. Y que esa necesidad de justicia debe constituirse, es decir garantizarse en una ley primaria que le asegure a todos lo necesario para la vida digna, la gana de ser y la satisfacción de tenerlo.  La agricultura nacional tiene que garantizar nuestra buena alimentación sin abusar de los recursos naturales, antes de canalizarse a la exportación. Millones de hondureños son todavía campesinos que necesitan tierras de cultivo y apoyos técnicos y financieros para garantizar sus alimentos.

Resuelto el problema estructural de la violencia, articulada con la internacional, la policía de la comunidad asegurará la tranquilidad publica.
No alcanzaremos todas nuestras metas por arte de magia si no con trabajo y buen gobierno, buena administración. Seguirá habiendo traiciones y corruptelas que se opondrán a nuestro progreso. Pero avanzaremos.

* Rodolfo Pastor Fasquelle 
EL LIBERTADOR

Tienen miedo de una constituyente nuestros adversarios verdaderos porque saben que, si es democrática, su producto final será revolucionario. Yo no tengo miedo de la revolución, me decía Rodolfo Bueso Arias en 1964, me pondré a sus órdenes cuando triunfe. Igual. Pero entiendo y es importante entender como, por el contrario, muchos, y el burgués en particular temen a la Revolución. Y también sectores populares. Nos condicionan para temer el cambio. Hay gente cuyas imaginaciones nos alarman y otra a la que le gusta meter miedo. Objetivamente hablando, las Revoluciones tienen que efectuar cambios necesarios o renunciar al título y esa clase de cambios supone conflictos. En medio de las protestas recientes de los vendedores del sector informal en Tegucigalpa, cuyo comercio más bien perfecciona el mercado, llama la atención la consigna de que si no come el pobre, que no coma el rico…. Y hay ricos como Scrooge indiferentes ante el hambre del pobre, el niño, el enfermo, que una Revolución no tolera. Pero al fin y al cabo la mayoría de la gente no tiene mayor cosa que temer de una revolución del s. XXI, cuando el estatus quo ya no tiene nada sustancial que ofrecer a las grandes mayorías. Cada vez más gente lo entiende. Porque está claro que no vamos a poder disfrutar de lo nuestro cuando hay tantos que no tienen nada. Y que esa necesidad de justicia debe constituirse, es decir garantizarse en una ley primaria que le asegure a todos lo necesario para la vida digna, la gana de ser y la satisfacción de tenerlo.
                                      

Conozco de cerca varias grandes industrias y empresas medianas. Opero una pequeña. No hay razón para suponer que un gobierno revolucionario tendría ningún interés en expropiar esas empresas que operan en un mercado nacional inserto en regiones integradas, con fronteras abiertas. Y me queda claro que la inmensa mayoría de empresas seguirán operando como hasta hoy. Ahí está el ejemplo de la Revolución Sandinista la más inmediata que convive perfectamente con la empresa privada. Y especialmente ayuda a la micro empresa. Pero no padece del crimen y la violencia que aquí engendra la miseria estructural. Puedo elucubrar que un Estado revolucionario tendría que participar (para garantizar el interés nacional) en las industrias extractivas de recursos no renovables. En la minería, y en la gran empresa forestal que falta organizar. Y debería asegurar el funcionamiento social de industrias estratégicas como la de la comunicación.
Pero nada más. Aun si algunas de las más lucrativas tendrán que pagar un poco más de impuestos, mientras que las empresas que requieren numerosos contingentes de obreros deberán compartir más con el sector laboral, eventualmente darle una representación en la directiva. Y la mayor vigilancia oficial será garantía para sus accionistas, frente a las tretas y manipulaciones de los llamados mayores. Junto con los derechos de todos a la salud y educación de calidad, a los alimentos y al techo, de los obreros al trabajo, de los campesinos a la tierra, la nueva carta magna debe garantizar el derecho a la empresa, de la familia a la propiedad. Y la mayoría de los burgueses no tiene nada que perder.
Por eso es que los enemigos de la Revolución tienen que inventar ridiculeces. Que les vamos a quitar a los niños para adoctrinarlos como ateos, que le vamos a quitar a la gente sus casas de habitación o la vamos a obligar a hospedar inquilinos contra su voluntad. ¿Se acuerdan? Que vamos a expropiar fincas y dineros…que más bien los golpistas terminaron quitándole a sus opositores. Las cosas que predicaba la propaganda contra la cuarta urna en 2009 con la colaboración de medios irresponsables. Patrañas inventadas en talleres de guerra psicológica en Florida. Eso no significa que no hay nada que temer. Por supuesto. Mucho de lo que suceda va a depender más de la dinámica de las reacciones mutuas que de la lógica pura y del sentido común.
Estabilizar una economía en crisis (de la que no hemos salido en ningún momento) frente al susto y al chantaje de los sectores económicos poderosos y reaccionarios va a requerir de alguna drasticidad. Especialmente porque muchos de esos poderosos van a buscar ampararse en EUA, valiéndose de la paranoia, la volubilidad y la prepotencia del gringo que hoy pudiera agravarse. Y ante esa combinación de resistencias es fácil prever una turbulencia que tiene el propósito precisamente de asustar. Y que nosotros tendremos la obligación de contener y neutralizar.
                                     


Más allá del momento revolucionario, organizar un Estado responsable, capaz de impartir servicios básicos universales de calidad requerirá de recursos y esfuerzos extraordinarios. Una nueva participación técnica y profesional del Estado en sectores estratégicos nos aportará nuevos recursos pero no estoy seguro que suficientes. Nuestros impuestos van a incrementarse en un régimen revolucionario, en algún pequeño porcentaje del PIB. Si los aumentamos demasiado matamos la gallina que pone los huevos de oro. Pero a los empresarios no les agrada ningún incremento. Como tampoco les gusta pagar más salario y beneficios, que tendrán que dar a todos sus empleados.
Por supuesto que habrá reformas laborales y fiscales en una Revolución. Nadie debe trabajar más de 48 horas a la semana obligadamente, menos sin pago extra, ni tener menos que un mes de vacación al año para atender sus propias necesidades de recreo y las de sus familias. Esas van a ser promesas de LIBRE porque es prerrogativa del Estado regular el mercado laboral. Así como asegurar que el salario mínimo cubre las necesidades básicas del empleado. Y esas reformas vigiladas por sus usufructuarios darán lugar a un aumento inmediato del empleo y a más y mejor entrenamiento de un mayor número de obreros, lo que aumentará el valor del trabajo. Y conducirá a mayores estímulos por productividad que deben ser los que hagan prosperar a las empresas.
La agricultura nacional tiene que garantizar nuestra buena alimentación sin abusar de los recursos naturales, antes de canalizarse a la exportación. Millones de hondureños son todavía campesinos que necesitan tierras de cultivo y apoyos técnicos y financieros para garantizar sus alimentos. Y los nuestros también, en las ciudades. Mientras que decenas de miles de hectáreas que se extienden sobre los territorios vitales de las comunidades en los valles costeños, se cultivan principalmente por extranjeros, para la exportación. Y cientos de miles de hectáreas de tierras de cultivo permanecen incultas y no dan fruto ni empleo. Las tierras que no están siendo cultivadas por sus propietarios eventualmente deben pasar a manos de labradores sin tierras y todos los propietarios deben respetar los espacios vitales de las comunidades y las urgencias del país. Pero tampoco esas transferencias de tierras van a afectar a la mayoría de los hondureños. Ni van a amenazar a sus patrimonios familiares. A nadie se le van a arrebatar fincas productivas con esta política de reforma y ningún compatriota va a perder su heredad o el fruto de su trabajo.
Finalmente por el proceso de urbanización y modernización social cientos de miles de compatriotas necesitan hoy soluciones habitacionales nuevas. El Estado no ha cumplido con la obligación de proveerlas, ni ha colaborado con las estructuras sociales que pudieran satisfacer esa demanda, más allá de ofrecer financiamientos difíciles de conseguir… El derecho a un techo seguro también es un derecho universal. Y será necesario implementar políticas de racionalización de uso del suelo y colonización urbana para resolver el problema de la falta de vivienda con servicios adecuados. Para todos. Sin amenazar al medio ambiente. Resuelto el problema estructural de la violencia, articulada con la internacional, la policía de la comunidad asegurará la tranquilidad pública.
A nada más aspira la utopía. No alcanzaremos todas nuestras metas por arte de magia si no con trabajo y buen gobierno, buena administración. Seguirá habiendo traiciones y corruptelas que se opondrán a nuestro progreso. Pero avanzaremos. Honduras será más feliz en esa nueva era. Y nosotros con ella. La Revolución es un nuevo comienzo para la nación. La Navidad es un nuevo comienzo de la historia de salvación. Es un símbolo de esa necesidad de renovación que encarna también la Revolución. Que al fin, es una concreción de la utopía cristiana y un renacimiento histórico de la nación. Que viva la Navidad y que viva la Revolución. 

* Pensador hondureño, analista político e historiador.
                                                                  

 Panorámica, una de las zonas residenciales exclusivas de Tegucigalpa, capital de Honduras.


Panorámica, una de las zonas marginales de Tegucigalpa.

http://www.web.ellibertador.hn/index.php/avance/1961-honduras-analisis-la-revolucion-en-navidad

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